Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

viernes, 13 de octubre de 2017

El Rosario una oración orientada hacia la paz



“El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).

Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?


En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3, 14).”

martes, 10 de octubre de 2017

La comunión conyugal - una comunión indisoluble



“20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].

Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].

Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.

Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón»[51], sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel»[52], es el «sí» de las promesas de Dios[53] y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»[55].

Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.”



sábado, 9 de septiembre de 2017

“Cura de almas" en un país herido- Papa Francisco en Colombia



“Al cura se  le dice “cura” por la cura de almas, que es propia del párroco. Y de ahí pasó a todos los sacerdotes, obispos. El Papa es un sacerdote, es obispo y como obispo tiene la plenitud del Sacerdocio de Jesús. Y la imagen de su primer día de trabajo apostólico en Colombia, como misionero y peregrino de esperanza y de paz, me ha llevado a la imagen del cirujano que intentan extirpar un cáncer con una caricia; sí la imagen de un cura que te dice las cosas de frente directo, pero también las cosas buenas que animan  a seguir adelante y a luchar. Y entiendo que la imagen de cura es la que más pega porque Colombia, como otros países del mundo y de Latinoamérica, es un país herido. Herido profunda y largamente por la guerra que maneja a su antojo el dios dinero, dejando atrás solamente destrucción y cadáveres de ancianos, niños y adultos, como una máquina infernal sin afectos.

Pero es ahí donde viene el gesto y la palabra de ternura del Papa Francisco, pero como cura, que manifiesta que no estamos solos, secuestrados por el dios dinero que nos masacra, es un gesto y una palabra que actualizan el Evangelio de Jesús, porque las imágenes confirman esto. La alegría de la gente por la cercanía del Vicario de Cristo, la esperanza de que los acuerdos se consoliden y se alcance la paz, pasan a ser verdaderos “sacramentales” del Pueblo de Dios. Y cuando esto es la oración de la misa todos juntos, se transforma en sacramento. La que cura; la que nos cura, es la Presencia del mismo Jesús, porque la paz es un don de Dios. Pidámosle a Jesús y dejemos que nos cure.”


Huyamos de toda tentación de venganza _ papa Francisco a las autoridades de Colombia


"Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más". Con estas palabras el Papa Francisco concluía su discurso en el encuentro que mantuvo con las autoridades, el Cuerpo Diplomático y algunos representantes de la Sociedad Civil de Colombia, que tuvo lugar el jueves 7 de septiembre, en el Palacio presidencial de Bogotá, más conocido como Casa de Nariño. 

Tras ser recibido por el presidente de la nación, Juan Manuel Santos acompañado por la Guardia de Honor y después de rendir los correspondientes homenajes a la bandera del país, dio inicio el evento al que asistieron aproximadamente 750 personas.  
"Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación", dijo Francisco, señalando que los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que "la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos".

"Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo", pidió el Pontífice añadiendo que cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente.

 "Quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz", concluyó el Santo Padre.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Gian Franco Svidercoschi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación (2 de 2)

 “Sin embargo, tras el avance de este desierto espiritual, podía advertirse una creciente turbación interior. El hombre contemporáneo empezaba a darse cuenta del vacío de una vida sin raíces, puramente terrena, carente de valores, una vida sin una identidad propia, encerrada en sí misma. Aunque era un malestar aun sin nombre, vago, inexpresivo, no le fue difícil entender que se trataba de una verdadera y propia sed de paternidad. Y precisamente a este hombre en busca de sentido y también en busca de los «otros», sobre todo, a estas nuevas generaciones literalmente carentes de padres fue a qui9enes supo dar respuesta Juan Pablo II. Y no lo  hizo simplemente presentándose como figura paterna, consoladora, protectora, sino, al contrario, proponiendo un punto de referencia común, un unto de trascendencia.
Por eso podría decirse que Karol Wojtyla fue el Papa de la Encarnación. Logro que el hombre volviera a encontrarse con Dios y, así, permitió que este hombre tuviera una experiencia profunda, vital, de Aquel que le dio el don precioso de la libertad. Porque Dios, en su infinito amor, es respetuoso con la libertad del hombre, es más, deja espacio para esta libertad, queriendo que el hombre – con sus tiempos, sus dificultades e incluso sus traiciones – colabore con El en la realización del Gran Proyecto :: completar la obra de la creación.
De este modo Juan Pablo II pudo poner en marcha un proceso de espiritualidad, de nueva espiritualidad, un nuevo modo de vivir hoy como cristianos, de «imbuir» la fe en la sociedad moderna sin que se diluyera por ello su propia identidad. La nueva espiritualidad donde finalmente los que con frecuencia desde tiempos inmemorables parecían ser «polos» opuestos e incluso casi incompatibles – sagrado y profano, trascendencia e inmanencia, cielo y tierra – se revelaran como dimensiones diferentes de una misma realidad: el encuentro entre la acción humana y el actuar divino.
En fin, toda esa gente que llegaba a la plaza de Sn Pedro había vuelto a llamar a Dios por su nombre – aunque algunos solo lo balbucearan o lo hicieran tímidamente -, a considerarlo presente en su propia vida.  Y esto era porque habían vuelto a ver a Dios Padre en el testimonio cristiano de Karol Wojtyla, en sus palabras, en sus gestos. El mensaje evangélico, tal como él lo había vivido y radicalmente practicado – es decir, como mensaje de amor, de misericordia, de paz, de fraternidad, de tolerancia, de compartir – pudiera llegar a todos y  ser comprendido y acogido por todos.
El hecho de haber mostrado el rostro de Dios, reconocido sobre todo en el otro, en el prójimo, el señalar la trascendencia como punto de encuentro para todos los hombres de buena voluntad mas allá, por tanto de lenguas, naciones, razas y cualquier otra diferencia, fue, pues, como abrir de par en par las puertas del cristianismo a toda la familia humana.”



(Gian Franco Svidercoshi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación) de “La búsqueda del Padre” UN PAPA NO MUERE, La herencia de Juan Pablo II, Ediciones San Pablo, 2011 

Gian Franco Svidercoschi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación (1 de 2)

 “El mensaje cristiano está estrechamente ligado a la «visibilidad» de la Encarnación. Respecto a las demás religiones, la Encarnación constituye la impresionante novedad del cristianismo. Dios se hace hombre y, de este modo reconoce a todo ser humano una dignidad y una libertad que nunca nadie le había dado.  Jesús, el Hijo, irrumpe en la historia humana, confirmando asi que todos los hombres son hijos de Dios y, como tales, hermanos entre ellos, constituyendo una única familia.
Sin embargo, con el tiempo esta verdad fundamental poco a poco se fue oscureciendo en las comunidades cristianas, en su experiencia de fe, y, como consecuencia, se iba dilatando cada vez más la «fosa» entre el mundo divino y el mundo humano. Para combatir el protestantismo, en ocasiones la Iglesia católica había acabado por dar más importancia a sus propias instituciones que a la dimensión espiritual. Luego, con el Renacimiento, con la Ilustración, entro en escena el hombre demiurgo, el hombre convencido de que podía convertirse en dueño de su propia vida, y así ulteriormente había aumentado la distancia entre la tierra y el cielo. Posteriormente llegaron los filósofos de la «muerte» de Dios. Llegaron los exterminios del sigloXX, quede por si parecían borrar toda presencia divina. Finalmente llego la secularización, la posmodernidad…
Dios Padre había desaparecido progresivamente de la sociedad, de la vida cotidiana, de la conciencia misma de muchos creyentes, para los que, no pudiendo «ver» a Dios, «oir» su voz, cada vez se hacía más difícil captar las huellas de su presencia en su propia historia o tratar de entender cual era su voluntad en las distintas circunstancias. Entonces acababan recurriendo a un Dios mágico, plegado a su servicio, del tipo New Age, haciéndose ilusiones de que podría satisfacer sus necesidades inmediatas, aquí y ahora, pero que ciertamente no garantizaba la racionalidad de la fe y mucho menos la existencia de un Creador.”

(Gian Franco Svidercoshi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación) de “La búsqueda del Padre” UN PAPA NO MUERE, La herencia de Juan Pablo II, Ediciones San Pablo, 2011 

sábado, 26 de agosto de 2017

La Comunión de los divorciados

Con el título “Se publica en la web  del Vaticano la carta del Papa a favor de la comunión de los divorciados vueltos a casar en ciertos casos” elblog de la Parroquia San Juan Bautista cita la carta del Papa Francisco, ofrece comentarios y también presenta detalles sobre el magisterio de San Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre esta situación tan controvertida, que ya ha dado que hablar y pienso que seguirá siendo tema de debate por un largo tiempo. Personalmente el tema me parece harto interesante y creo que todos deberíamos analizarlo a conciencia, aunque por cierto confunde.  
Invito leer los sensatos comentarios del Padre Ricardo Mazza en su propio blog donde aparece este post y analizar también las noticias relacionadas.
Cito textualmente aquí solamente el texto referido a San Juan Pablo II y a Benedicto XVI (pero invito leer el post de la Parroquia San Juan Bautista completo):

El Magisterio de san Juan Pablo II y Benedicto XVI excluye tal posibilidad. En la exhortación apostólicaFamiliaris Consortio de San Juan Pablo II se lee:

    La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

    La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»
    Familiaris Consortio 83

Y Benedicto XVI indica en SacramentumCaritatis:
    El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía...

    .... se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que «se integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ». Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse por vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis eclesial.
    Sacramentum Caritatis, 29

Por su parte, el Concilio de Trento condenó la tesis de que haya circunstancias que hagan imposible al hombre cumplir la ley de Dios

    Si alguno dijere que es imposible al hombre aun justificado y constituido en gracia, observar los mandamientos de Dios; sea excomulgado.
    Trento, Canon XVIII sobre la Justicicación

Y la Escritura asegura que Dios ayuda siempre a soportar la tentación:

    No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla.
    1ª Cor 10,13