Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 18 de mayo de 2017

El 18 de mayo de 1920 nacía Karol Jozef Wojtyla



Wadowice una pequeña ciudad casi aldea con una vida cultural intensa, donde todos las fiestas nacionales y religiosas, al igual que aniversarios y jubileos se festejaban como un acontecimiento, tuvo el privilegio de ver nacer el 18 de mayo de 1920 a Karol Jozef Wojtyla.

Wadowice con sus cafés y lugares de encuentro y reuniones. En la parroquia local el joven vicario Figlewicz, un artista Mieczislaw Kotlarczyk es profesor de polaco, tanto uno como otro marcarían la vida de Karol Jozef Wojtyla, continuando su amistad en Cracovia
Habia nacido junto con el milagro polaco, la cercana Cracovia recibía como vencedor al mariscal Jozef Pilsudski, que regresaba de la campaña militar en Ucrania. Después de un siglo de esclavitud, Polonia acababa de reconquistar su libertad.

Hijo de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska, un niño como todos los demás, debió enfrentar el dolor de perder a su madre de pequeño, después a su hermano y a su padre y ser testigo de las injusticias de la persecución en su pueblo natal, un niño que más tarde se convertiría en estudiante aplicado, amigo fiel, apasionado actor y estudioso de la lengua - hasta descubrir su verdadera vacación el sacerdocio - filosofo, escritor, poeta...

"Quien quiera comprender a un poeta, debería ir a su pueblo". Del mismo modo, para comprender la vida y el ministerio de Juan Pablo II, era necesario venir a su ciudad natal. Él mismo confesó que aquí, en Wadowice, "comenzó todo: comenzó la vida, comenzó la escuela, los estudios, comenzó el teatro... y el sacerdocio" (Wadowice, 16 de junio de 1999) decía el Santo Padre Benedicto en su encuentro con la población de Wadowice el 27 de mayo de 2006 en el marco de su viaje a Polonia

Recomiendo leer esa preciosa homilía de Juan Pablo II al visitar su pueblo natal Wadowice el 16 de junio de 1999, donde vuelca sus entrañables afectos y sus conmovedores recuerdos.


(Este es un post ya publicado el 18 de mayo de 2010)

martes, 16 de mayo de 2017

Nuestra Señora de la Salud, “La Lourdes del Oriente”, Vailankanni

Continuando con las peregrinaciones en espíritu durante el Año Mariano 1987-1988 en el Ángelus del 31 de julio de 1988 el Papa Juan Pablo II invitaba a los fieles “visitar” el santuario mariano de la “Virgen de la Salud”, al sur de India,  y recordaba brevemente la historia del templo y la devoción:

“La tradición popular entre los fieles del Tamil Nadu – decia Juan Pablo II - cuenta que, hacia finales del siglo XVI, la Virgen Santa se apareció dos veces con el Niño en brazos a un chico tullido, el cual, para ayudar a su madre viuda y pobre, vendía junto a un árbol bebidas a los pasantes sedientos. La Virgen le pidió un poco de suero de leche para su Niño, y mandó después al chico que fuese a ver a un rico católico del pueblo para decirle que construyese una capilla junto al árbol. Sólo después de haber emprendido una carrera para cumplir el deseo de la bella Señora, el muchacho se dio cuenta de que había sido milagrosamente curado. Se construyó entonces una pequeña capilla con el techo de paja y se colocó en ella una imagen de la Virgen con el Niño en brazos. El pueblo la llamó la "Virgen de la Salud”. Un siglo más tarde, la Virgen se apareció, en la misma región, a navegantes portugueses que, zarandeados por una terrible tempestad habían invocado su nombre. Para cumplir la promesa hecha en el momento del peligro, los navegantes construyeron una iglesia de mampostería en el lugar de la cabaña de paja. Desde entonces el santuario de la "Virgen de la Salud" en Vailankanni se ha convertido en un lugar de peregrinaciones marianas no sólo para los fieles del Tamil Nadu, sino para toda la India.  La "Virgen de la Salud" se celebra cada año el 8 de septiembre Natividad de María, para recordar el día en el que los navegantes, milagrosamente salvados de la tempestad, pudieron llegar a la costa. La fiesta va precedida de una novena de oraciones y atrae hasta dos millones de fieles.
 En reconocimiento de la importancia del santuario, mi predecesor Juan XXIII concedió a la iglesia, en 1962, el título de basílica.
La "Virgen de la Salud", al mismo tiempo que concede la salud a los enfermos y salva a los fieles de los peligros, revela la naturaleza íntima del Padre celestial, que "no es Dios de muertos, sino de vivos" (Mt 22, 32) y de su Hijo que ha "venido para que tengan vida, y la tengan abundante" (Jn 10, 10). Pidamos a la "Virgen de la Salud" de Vailankanni la gracia de acoger la vida divina que su Hijo nos ofrece, y de testimoniar con coherencia la "novedad" y la riqueza de este don para contribuir a que venga el reino de Dios al mundo.
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En su viaje a la India en febrero de 1986 el Papa Juan Pablo II mencionada también este Santuario en su visita a la Basilica de Nuestra Señora del Monte en Bandra :  “Ya antes de venir, he oído hablar muchísimo de la devoción a Nuestra Señora, que es una característica del pueblo de la India. La basílica aquí en Bandra es un símbolo de esto. Además, existen otros santuarios marianos famosos, tales como el de Nuestra Señora de las Gracias en Sardhana, Nuestra Señora de Lourdes en Vijayawada, y Nuestra Señora de la Salud en Vailankanni. Cuando se escriba la historia de la Iglesia en India, este aspecto mariano de vuestras vidas espirituales ocupará un lugar de honor y renombre.

La Basílica de Nuestra Señora de la Salud esta ubicada en la costa sudeste de India, a 10 kms al sur de Nagapattinam y a 350 kms al sur de Chennai, la capital de Tamilnadu.  En el Santuario hay una capilla de adoración perpetua y los sacerdotes están disponibles para el sacramento de la reconciliación durante todo el dia desde la mañana a la noche.  Las oraciones, Misas y Adoracion son en idiomas tamil, malayalam, konkani, telugu, hindi, e ingles. Acuden allí unos 20 millones de peregrinos por año. Comenta el Rector de la Basìlica que losperegrinos acuden a pie desde 100, 200 y también 300 kms. 

sábado, 13 de mayo de 2017

Fátima: “Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz”


“En sus Memorias (III, n.6), sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había recibido una visión: «¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?». Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados.

Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirijámonos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda.

En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede. Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.”

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol»,


«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12,1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27). Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero…estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto.


Pero ella, previendo y advirtiéndonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida ―a menudo propuesta e impuesta― sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre, porque, como hemos escuchado en la primera lectura, «fue arrebatado su hijo junto a Dios» (Ap 12,5). Y, según las palabras de Lucía, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le había dado. Según el creer y el sentir de muchos peregrinos —por no decir de todos—, Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús».

viernes, 12 de mayo de 2017

Maria estaba allí….desde el “si” hasta la Resurrección


“….hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha vivido más de una noche en su camino de madre. Desde su primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura se perfila como si fuera el personaje de un drama. No era un simple responder con un “sí” a la invitación del ángel: y sin embargo Ella, mujer todavía en plena juventud, responde con valor, no obstante nada supiese del destino que la esperaba. María en ese instante se nos presenta como una de las muchas madres de nuestro mundo, valientes hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.

Ese “sí” es el primer paso de una larga lista de obediencias —¡larga lista de obediencias!— que acompañarán su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que a menudo no comprende todo lo que le ocurre alrededor, pero que medita cada palabra y acontecimiento en su corazón.
En esta disposición hay un rasgo bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir en la dirección correcta. No es ni siquiera una mujer que protesta con violencia, que se queja contra el destino de la vida que revela a menudo un rostro hostil. En cambio es una mujer que escucha: no os olvidéis de que siempre hay una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha. María acoge la existencia tal y como se nos entrega, con sus días felices, pero también con sus tragedias con las que nunca querríamos habernos cruzados. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo está clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María casi había desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dan a entender este lento eclipsarse de su presencia, su permanecer muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece precisamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos se han disipado por motivo del miedo. Las madres no traicionan, y en ese instante al pie de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cuál haya sido la pasión más cruel: si la de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los evangelios son lacónicos, y extremadamente discretos. Reflejan con un simple verbo la presencia de la Madre: Ella “estaba” (Juan 19, 25), Ella estaba. Nada dicen de su reacción: si llorase, si no llorase... nada; ni siquiera una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habría aventurado la imaginación de poetas y pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: Ella “estaba”. Estaba allí, en el peor momento, en el momento más cruel, y sufría con el hijo. “estaba”. María “estaba”, simplemente estaba allí. Ahí está de nuevo la joven mujer de Nazareth, ya con los cabellos grises por el pasar de los años, todavía con un Dios que debe ser solo abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más intensa. María “estaba” en la oscuridad más intensa, pero “estaba”. No se fue. María está allí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una vela encendida en un lugar de bruma y de nieblas. Ni siquiera Ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba abriendo para todos nosotros hombres: está allí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamado sierva en el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión. Los sufrimientos de las madres: ¡todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han afrontado muchos sufrimientos de los hijos!

La volveremos a encontrar en el primer día de la Iglesia, Ella, madre de esperanza, en medio de esa comunidad de discípulos tan frágiles: uno había renegado, muchos habían huído, todos habían tenido miedo (cf Hechos de los Apóstoles 1, 14). Pero Ella simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera una cosa completamente normal: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también de los temblores de los primeros pasos que debía dar en el mundo.”

Los pastorcillos de Fátima; Francisco y Jacinta dos niños muy normales


Francisco: 
Aljustrel (Portugal), 11-junio-1908
+ Aljustrel, 4-abril-1919

Jacinta: 
Aljustrel, 11-marzo-1910
+ Lisboa, 20-febrero-1920

B. 13-mayo-2000

El 13 de mayo de 1917 ha pasado a la historia de la Iglesia y de la humanidad como el día en que tres niños portugueses de Aljustrel-Fátima, pueblo hasta entonces desconocido, vieron a la Virgen María sobre una encina, mientras cuidaban de un pequeño rebaño familiar: Lucía dos Santos, de diez años, y sus primos hermanos Francisco, de nueve años, y Jacinta, de siete.

El 13 de mayo de 2000, Juan Pablo II beatificaba en el mismo lugar de las apariciones a dos de aquellos niños, muertos prematuramente —los hermanos Francisco y Jacinta Marto—, en presencia de su prima, sor Lucía dos Santos, única superviviente de los tres pastorcillos. Francisco y Jacinta Marto son los beatos más jóvenes del calendario cristiano, si exceptuamos a unos pocos niños mártires.

DOS NIÑOS MUY NORMALES

Sencillos, traviesos, alegres, juguetones, criados en dos familias en un ambiente cristiano de máxima sencillez. Aún pueden verse las casas de ambas familias en Aljustrel, un caserío cercano al pueblo de Fátima. La vida de las familias Marto y Dos Santos era la vida de los campesinos pobres, cuyo patrimonio se limitaba a unos trozos de tierra donde se cultivaban las hortalizas y frutas para su propio alimento, y unas cuantas ovejas, que los niños sacaban a pastar por los cabezos y valles cercanos.
Los padres de Francisco y Jacinta fueron Manuel Pedro Marto y María Rosa, hermana de Antonio dos Santos, el padre de Lucía.
Francisco había nacido el 11 de junio de 1908. Su hermana Jacinta, el 11 de marzo de 1910. Ambos fueron bautizados en la iglesia parroquial de Fátima. Eran muy diferentes de temperamento: más tranquilo y condescendiente Francisco, y más caprichosa la pequeña Jacinta.
Para acercarnos a la realidad de los dos hermanos y de los acontecimientos de sus cortos años de vida en la tierra, contamos con el testimonio de la mejor testigo: su prima Lucía, que escribió sus Memorias entre 1935 y 1941, a petición del obispo de Leiría-Fátima, monseñor José Alves Correira da Silva. Así recuerda la hermana Lucía a Francisco:
La amistad que me unía a Francisco era sólo debido al parentesco y la que traía consigo las gracias que el cielo se dignó concedernos.
Francisco no parecía hermano de Jacinta, sino en la fisonomía del rostro y en la práctica de la virtud. No era tan caprichoso y vivo como ella. Al contrario, era de un natural pacífico y condescendiente.
Cuando, en nuestros juegos, alguno se empeñaba en negarle sus derechos de ganador, cedía sin resistencia, limitándose a decir sólo:
—¿Piensas que has ganado tú? Está bien. Eso no me importa.
No manifestaba, como Jacinta, la pasión por la danza; gustaba más de tocar la flauta, mientras otros danzaban.
En los juegos, era muy animado, pero a pocos les gustaba jugar con él; porque perdía casi siempre. Yo misma confieso que simpatizaba poco con él, porque su natural tranquilidad excitaba a veces los nervios de mi excesiva viveza. A veces, tomándole por el brazo le obligaba a sentarse en el suelo, o en alguna piedra, pidiéndole se estuviera quieto; y él me obedecía como si yo tuviese una gran autoridad. Después sentía pena e iba a buscarlo asiéndole por la mano, y regresaba con el mismo buen humor como si nada hubiera acontecido. Si alguno de los otros niños porfiaba en quitarle alguna cosa que le era propia, decía:
¡Deja ya!, ¿a mí qué me importa?
Lo que más le entretenía, cuando andábamos por los montes, era sentarse en el peñasco más elevado y tocar su flauta o cantar. Si su hermana bajaba conmigo para echar algunas carreras, él se quedaba entretenido allí con su música y sus cantos.
En nuestros juegos, tomaba parte, siempre que le invitábamos, pero a veces manifestaba poco entusiasmo, diciendo:
Voy; pero sé que perderé.
Los juegos que sabíamos y en los cuales nos entreteníamos eran: el de las chinas, el de las prendas, pasar el aro, el del botón, el de la cuerda, la malla, la brisca, descubrir los reyes, los condes y las sotas, etc. Teníamos dos barajas: una mía y otra de ellos. El juego que más gustaba a Francisco era el de las cartas: la brisca (L. Dos Santos: Memorias de la Hermana Lucía, Cuarta Memoria, 24 ed., Fátima, 1985, págs. 118, 120)
En cuanto a Jacinta, éstas son las palabras de Lucía, en su Primera Memoria:
La menor contrariedad, que siempre hay entre niños cuando juegan, era suficiente para que enmudeciese y se amohinara, como nosotros decíamos. Para hacerle volver a ocupar su puesto en el juego, no bastaban las más dulces caricias que en tales ocasiones los niños saben hacer. Era preciso dejarle escoger el juego y la pareja con la que quería jugar. Sin embargo, ya tenía muy buen corazón y el buen Dios le había dotado de un carácter dulce y tierno, que la hacía, al mismo tiempo, amable y atractiva. No sé por qué, tanto Jacinta como su hermano Francisco, sentían por mí una predilección especial y me buscaban casi siempre para jugar. No les gustaba la compañía de otros niños, y me pedían que fuese con ellos junto a un pozo que tenían mis padres en el huerto. Una vez allí, Jacinta escogía los juegos con los que íbamos a entretenernos. Los juegos preferidos eran, casi siempre, jugar a las chinas o a los botones, sentados a la sombra de un olivo y de dos ciruelos, detrás de las losas. Debido a este juego, me vi muchas veces en grandes apuros, porque, cuando nos llamaban para comer, me encontraba sin botones en el vestido; pues casi siempre ella me los había ganado y esto era suficiente para que mi madre me regañase. Era preciso coserlos de prisa; pero ¿cómo conseguir que ella me los devolviera, si además de enfadarse, tenía también el defecto de ser agarrada? Quería guardarlos para el juego siguiente y así no tener que arrancar los suyos. Sólo amenazándola de que no volvería a jugar más, era como los conseguía. Algunas veces no podía atender los deseos de mi amiguita (Obra citada , pág. 20 s)

José A. Martinez Puche, O.P. – Invito leer articulocompleto

jueves, 11 de mayo de 2017

Benedicto XVI y Fátima


Con ocasión del viaje apostólico del Papa Benedicto XVI a Fátima (11 al 14 de mayo de 2010) el Santo Padre tuvo la gentileza de responder preguntas de los periodistasdurante el vuelo hacia Portugal. En cuanto al Mensaje de Fátima el Papa respondía una pregunta planteada por el padre Lombardi, entonces Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede:

Padre Lombardi…. Hablemos ahora de Fátima, donde tendrá lugar un poco el culmen también espiritual de este viaje. Santidad, ¿qué significado tienen para nosotros las apariciones de Fátima? Cuando usted presentó el texto del tercer secreto de Fátima en la Sala de Prensa Vaticana, en junio de 2000, estábamos varios de nosotros y otros colegas de entonces, y se le preguntó si el mensaje podía extenderse, más allá del atentado a Juan Pablo II, también al sufrimiento de los Papas. Según usted, ¿es posible encuadrar igualmente en aquella visión el sufrimiento de la Iglesia de hoy, por los pecados de abusos sexuales de los menores?


Papa.- Ante todo, quisiera expresar mi alegría de ir a Fátima, de rezar ante la Virgen de Fátima, que para nosotros es un signo de la presencia de la fe, que precisamente de los pequeños nace una nueva fuerza de la fe, que no se reduce a los pequeños, sino que tiene un mensaje para todo el mundo y toca la historia precisamente en su presente e ilumina esta historia. En 2000, en la presentación, dije que una aparición, es decir, un impulso sobrenatural, que no proviene solamente de la imaginación de la persona, sino en realidad de la Virgen María, de lo sobrenatural, que un impulso de este tipo entra en un sujeto y se expresa en las posibilidades del sujeto. El sujeto está determinado por sus condiciones históricas, personales, temperamentales y, por tanto, traduce el gran impulso sobrenatural según sus posibilidades de ver, imaginar, expresar; pero en estas expresiones articuladas por el sujeto se esconde un contenido que va más allá, más profundo, y sólo en el curso de la historia podemos ver toda la hondura, que estaba, por decirlo así, «vestida» en esta visión posible a las personas concretas. De este modo, diría también aquí que, además de la gran visión del sufrimiento del Papa, que podemos referir al Papa Juan Pablo II en primera instancia, se indican realidades del futuro de la Iglesia, que se desarrollan y se muestran paulatinamente. Por eso, es verdad que además del momento indicado en la visión, se habla, se ve la necesidad de una pasión de la Iglesia, que naturalmente se refleja en la persona del Papa, pero el Papa está por la Iglesia y, por tanto, son sufrimientos de la Iglesia los que se anuncian. El Señor nos ha dicho que la Iglesia tendría que sufrir siempre, de diversos modos, hasta el fin del mundo. Lo importante es que el mensaje, la respuesta de Fátima, no tiene que ver sustancialmente con devociones particulares, sino con la respuesta fundamental, es decir, la conversión permanente, la penitencia, la oración, y las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. De este modo, vemos aquí la respuesta verdadera y fundamental que la Iglesia debe dar, que nosotros —cada persona — debemos dar en esta situación. La novedad que podemos descubrir hoy en este mensaje reside en el hecho de que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia. En una palabra, debemos volver a aprender estas cosas esenciales: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales. De este modo, respondemos, somos realistas al esperar que el mal ataca siempre, ataca desde el interior y el exterior, pero también que las fuerzas del bien están presentes y que, al final, el Señor es más fuerte que el mal, y la Virgen para nosotros es la garantía visible y materna de la bondad de Dios, que es siempre la última palabra de la historia.”

viernes, 5 de mayo de 2017

Sal de la tierra y luz del mundo para ser verdaderos discípulos


 ¿Por qué el Señor Jesús ha llamado a sus discípulos "la sal de la tierra"? El mismo nos da la respuesta si consideramos, por una parte, las circunstancias en las que pronuncia estas palabras y, por otra, el significado inmediato de la imagen de la sal. Como sabéis, la afirmación de Jesús se inserta en el sermón de la montaña con el texto de las ocho bienaventuranzas: Jesús, rodeado de una gran muchedumbre, está enseñando a sus discípulos (cf. Mt 5, 1), y precisamente a ellos, como de improviso, les dice no que "deben ser", sino que "son" la sal de la tierra. En una palabra, se diría que El, sin excluir obviamente el concepto de deber, designa una condición normal y estable del discipulado: no se es verdadero discípulo suyo, si no se es sal de la tierra.

Por otra parte, resulta fácil la interpretación de la imagen: la sal es la sustancia que se usa para dar sabor a las comidas y para preservarlas, además, de la corrupción. El discípulo de Cristo, pues, es sal en la medida en que ofrece realmente a los otros hombres, más aún, a toda la sociedad humana, algo que sirva como un saludable fermento moral, algo que dé sabor y que tonifique. Dejando a un lado la metáfora, este fermento sólo puede ser la virtud o, más exactamente, el conjunto de las virtudes tan estupendamente indicadas en la serie precedente de las bienaventuranzas.

Se comprende, pues, cómo estas palabras de Jesús valen para todos sus discípulos. Por tanto, es necesario que cada uno de nosotros, queridos hermanos e hijos, las entienda como referidas a sí mismo…. No me refiero sólo a los que llamamos "comprometidos", sino a todos, a cada uno de vosotros, sin excepción. ¡Porque todos sois discípulos de Cristo!

Y ahora la segunda pregunta: ¿Por qué el Señor Jesús llamó a sus discípulos "la luz del mundo"? El mismo nos da la respuesta, basándonos siempre en las circunstancias a que hemos aludido y en el valor peculiar de la imagen. Efectivamente, la imagen de la luz se presenta inmediatamente como complementaria e integrante respecto a la imagen  de la sal: si la sal sugiere la idea de la penetración en profundidad, la de la luz sugiere la idea de la difusión en el sentido de extensión y de amplitud, porque —diré con las. palabras del gran poeta italiano y cristiano— "La luz rápida cae como lluvia de cosa en cosa, y suscita varios colores, dondequiera que se posa" (A Manzoni, La Pentecoste, vs. 41-44).
El cristiano, pues, para ser" fiel discípulo de Cristo Maestro, debe iluminar con su ejemplo, con sus virtudes, con esas "bellas obras" (Kala Erga)…. (Mt 5, 16), y las cuales puedan ser vistas por los hombres. Debe iluminar precisamente porque es seguidor de Aquel que es "la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9), y que se autodefine "luz del mundo" (Jn 8, 12).

Breve historia del inicio de la devoción a la Divina Misericordia (4 de 4)


Los esfuerzos del padre Sopoćko aunque parecieran sin sentido – iban pasando los años y la tan esperada aprobación del culto por parte de las autoridades eclesiásticas no aparecía – continuaban motivándolo para seguir cumpliendo su rol.  Mientras tanto el culto a la Divina Misericordia se difundía cada vez más entre los fieles. En 1965 se inició el proceso de beatificación de sor Faustina. Paralelamente,  los teólogos comenzaron a interesarse por la Divina Misericordia. Por los años ´60 y ’70 se organizaron importantes conferencias dedicadas a esta verdad por todo el país.

Todo ello agregaba entusiasmo al espíritu del padre Sopoćko,  por más que  – debido a su edad – fuesen flaqueando sus fuerzas físicas. Fiel a su misión vital,  se dedicó hasta el fin de sus días con todas sus fuerzas a la causa asumiendo iniciativas adicionales en los años ’70 a pesar de su edad avanzada. En 1971 presentó a los obispos un trabajo titulado: El Espíritu de la liturgia del II Domingo de Pascua, donde demostraba, que en el Nuevo Misal romano, todas las partes variables de la Santa Misa del II Domingo de Pascua invitaban a la veneración de Dios en su Misericordia, que abraza a los fieles con los sacramentos pero ante todo con el sacramento de la penitencia.  Al año siguiente el padre Sopoćko  se dirige al Cardenal Wyszyński con la solicitud de instituir en Polonia la Fiesta de la Divina Misericordia el II Domingo de Pascua, dentro de las disposiciones litúrgicas en vigor. La solicitud es justificada con razones teológicas y litúrgicas y afianzada con la convicción personal de la inmediata exigencia de dirigirse en aquellos tiempos difíciles a la Divina Misericordia dentro de las enseñanzas eclesiásticas y de hacer conocer su obra.  Sin embargo, los obispos seguían considerando que la introducción de una fiesta separada restringiría de lleno la idea de la Misericordia de la cual hablaba toda la liturgia todos los domingos y días festivos. Ellos reconocían la dedicación y a perseverancia con la cual el padre  Sopoćko divulgaba la idea de la Divina Misericordia pero se reservaban la decisión sobre la institución de la fiesta.

Tal como podemos constatar el padre Michał  Sopoćko se dedicó a la causa de la Divina Misericordia hasta el fin de sus días.  En el extraño destino de la Providencia Misericordiosa, el mayor y más ferviente apoyo de Sor Faustina, apóstol de la Divina Misericordia se nos estaba yendo de este mundo sin haber logrado vivenciar el objetivo de su vida dentro del objetivo de su vida:  la aprobación oficial del culto a la Divina Misericordia y una fiesta para Su veneración. Los esfuerzos, la dedicación, el sufrimiento del padre Sopoćko fueron sin embargo de algún modo una auténtica semilla cuyo fruto el no pudo recoger personalmente. Al padre Sopoćko murió  como una semilla que se deja caer sobre la tierra trabajando por la causa de la Divina Misericordia y de hecho solo dentro de un par de años después de su muerte,  esta semilla dio el fruto deseado.  En 1978 fue presentado el recurso para la sentencia ante la Congregación y bien pronto se instituiría la Fiesta de la Divina Misericordia el 2do Domingo de Pascua, en todas las diócesis.   Después de algunos años de la muerte del Apóstol de la Divina Misericordia la devoción a la Misericordia fue adoptada en todo el mundo.
(traducido de Il camino di santitá di Don Michele Sopocko de D. Henryk Ciereszko, Librería Editrice Vaticana, 2008 - original publicado en Cracovia en 2002 por Wydawnictzo WAM


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sábado, 29 de abril de 2017

Breve historia del inicio de la devoción a la Divina Misericordia (3 de 4)


Después del viaje del Primado Wyszyński a Roma el padre Sopoćko confiaba que la Santa Sede pronto aprobaría el culto. Por otro lado, no obstante, le preocupaban las voces que llegaban de Roma acerca de las dificultades y las reservas por lo que se refería a las formas de su difusión y que el culto estuviese siempre ligado a las visiones no aprobadas de Sor Faustina. Dichos temores no eran vanos pues el 6 de marzo de 1959 fue publicada la notificación de la Congregación del Santo Oficio que anunciaba que era necesario interrumpir la difusión de las imágenes y de los escritos que representaba a la Divina Misericordia en la forma presentada por Sor Faustina y se solicitaba la intervención decidida de los obispos para emitir la orden de sacar de circulación las imagines antes mencionadas que ya se encontraban expuestas para el culto.  No obstante la Congregación no prohibia venerar a Dios en Su Misericordia ni difundir el culto, independientemente de las visiones de Sor Faustina.
Paralelamente a la notificación,  la Congregación del Santo Oficio emitió un decreto especial.  Todo ello fue transmitido al Primado Wyszyński con la recomendación de hacerlo extensivo a los obispos ordinarios.    Entre las prohibiciones del Decreto se incluía la advertencia dirigida al padre Sopoćko que interrumpiera la propagación de las visiones de Sor Faustina y las devociones propuestas.

El padre Sopoćko recibió la sentencia de la Congregación con tranquilidad pues de alguna manera ya se esperaba tal decisión.  Se alegró, sin embargo, porque lo sentenciado comprobaba lo que ya había predicho Sor Faustina previendo adversidades y dificultades para la difusión del culto además de enfrentarse a la posibilidad de una derrota por la obra a ella encomendada. El aceptó humildemente las amonestaciones que le estaban dirigidas si bien estaba convencido que todo se debía a  incomprensiones e informaciones erróneas.  Además,   estaba dispuesto a soportar amonestaciones aun más severas para que la ciencia de la Misericordia Divina pudiese ser divulgada. Por cuanto se refería al futuro del culto estaba convencido que – basado exclusivamente en las Sagradas Escrituras, tradiciones y liturgia y desaparecidas las exigencias del decreto debidas al factor humano -  no solo seria doblado sino reforzado y profundizado.

Obedeciendo a las prohibiciones de la Congregación las visiones de Sor Faustina dejaron de mencionarse en las publicaciones y tampoco se hacía referencia a sus expresiones. Se actuó con mucha prudencia para que no dejar lugar a sospecha alguna que no se acogían a las prohibiciones y al mismo tiempo para no desistir de  la causa del culto de la Misericordia. Pero, por otra parte, Sopoćko no se sentía privado de la posibilidad de seguir buscando la aprobación.  En 1959 se publicó en Londres el primer volumen de su obra Misericordia Divina en Sus obras, y en 1962 en Paris los dos tomos siguientes. En 1961 fueron publicados dos libros de oraciones: Veneramos a Dios en su Misericordia y la Novena y otras oraciones a la Divina Misericordia. En 1967 se publico el tratado latino titulado: Domine, miserer nobis! De Christo Salvatore Miserentissimo adorando et de sua misericordia generi humano imploranda.  Con este trabajo el padre Sopoćko esperaba que fuese aprobada la fiesta de la Divina Misericordia e intentaba distribuirlo a los padres del Concilio, además de presentarselo al Papa.  El mismo año 1967 salió un cuarto volumen: Divina Misericordia en Sus obras.  Con este volumen se perseguía el objetivo de demostrar la exigencia de venerar a Dios en Su Misericordia, para representar la idea de la Divina Misericordia contenida en la liturgia de la Iglesia y de justificar la necesidad de la fiesta. El padre  Sopoćko, también en este caso, esperaba que con este trabajo en latín se contribuiría a la aprobación de la fiesta de la Divina Misericordia.   

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 (traducido de Il camino di santitá di Don Michele Sopocko de D. Henryk Ciereszko, Librería Editrice Vaticana, 2008 - original publicado en Cracovia en 2002 por Wydawnictzo WAM

martes, 25 de abril de 2017

Breve historia del inicio de la devoción a la Divina Misericordia (2 de 4)



A pesar de que el padre Sopoćko se empeñara tanto en la difusión del culto en su patria, su acción se vio  muy limitada dentro de su propia arquidiócesis de Białystok. El arzobispo Romuld Jałbrzykowski mantenía su posición prudente y moderada,  ya demostrada en Vilnius,  en cuanto al culto a la Divina Misericordia sobre todo en las formas privadas derivadas de las visiones de sor Faustina. Además en 1949 la Curia Metropolitana de Białystok publico una disposición dirigida a los párrocos prohibiendo la difusión en el territorio de la arquidiócesis de folletos, impresos o cualquier otro tipo de publicación acerca de la Divina Misericordia cuya autoría pertenecía al padre. La causa de esta prohibición, según aquel documento, era que la Iglesia no se había pronunciado en cuanto a las visiones de sor Faustina.

El arzobispo  Jałbrzykowski sostenía que el padre Sopoćko difundia el culto basado en visiones no verificadas y aprobadas, algo que efectivamente no debía hacerse.
No obstante esta falta de aceptación por parte de su Ordinario, el padre  Sopoćko trato de llegar y conquistar a otros obispos, sobre todo a los máximos dignatarios de la Iglesia en Polonia. Después de la muerte del Primado Hlond busco el apoyo de su sucesor, el primado Stefan, Cardinal Wyszyński y depositó en sus manos las peticiones acerca del culto.  Ante todo le interesaba que se instituyera la fiesta de la Divina Misericordia y se obtuviera la aprobación eclesiástica del culto.  Por lo tanto le presentó al Cardenal Wyszyński  no solo sus textos sino también toda la información en cuanto al culto, su esencia y desarrollo, las motivaciones para su introducción y las bases para que las autoridades de la Iglesia pudiesen aprobarla. Solicitó  también que le permitiera presentar personalmente la causa del culto a las Comisiones competentes del Episcopado.  Cuando aparecieron las incomprensiones y en consecuencia las prohibiciones del culto, sea por parte de teólogos como de algunos ordinarios, trato de explicar, y solicito tratar personalmente, estos problemas al foro del Episcopado para poder aclarar e informar de modo más completo y poder así superar los obstáculos.


En 1951 se dirigió al padre Primado con una consulta en la cual solicitaba unir el culto de la Divina Misericordia con actos de caridad. En 1956 presentó  una solicitud para la intercesión de la Capital Apostólica de la aprobación de la celebración de la Divina Misericordia el Domingo de Pascua y se dedicó a recoger entre los fieles peticiones para la introducción e esta fiesta. Estas peticiones, con la firma de numerosos fieles, fueron llevadas a Roma por el Primado Stefan Wyszyński en 1957. 

(traducido de Il camino di santitá di Don Michele Sopocko de D. Henryk Ciereszko, Librería Editrice Vaticana, 2008 - original publicado en Cracovia en 2002 por Wydawnictzo WAM)

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sábado, 22 de abril de 2017

Breve historia del inicio de la devoción a la Divina Misericordia (1 de 4)


El padre Michał Sopoćko pudo comprobar durante su permanencia en Byałistok (en tiempos de la guerra)  que la devoción a la Divina Misericordia ya se había extendido  como devoción privada y espontanea de los fieles,  aún sin contar con una confirmación de la Iglesia; si bien el Primado, Cardenal August Hlond, favorecía la causa. La prudencia entonces sugería no avanzar demasiado rápido sin una firme y autentica seguridad sobre la necesidad y los frutos de la devoción y sin una solida preparación de las bases teológicas para el culto.

En 1947 el Cardenal Primado publicó el tratado  del padre Sopocko sobre la Divina Misericordia De Misericordia Dei deque eiusdem festo instituendo, escrito durante la guerra en Vilnius. El mismo año el Episcopado polaco presentó ante la  Sede Apostólica en Roma una solicitud por la aprobación del culto. Aquel gesto animó al padre Sopoćko  en su vivo intento por defender la devoción,  estimulándolo en su acción. La difusión de la devoción  habría constituido también un importante apoyo en la petición presentada ante la Santa Sede.

En 1947 fue publicado otro trabajo del padre Sopoćko “Oh, fiesta del Misericordioso Salvador”. Con la ayuda de las hermanas de la Congregación Madre de Dios de la Misericordia  trató de difundir entre los fieles las oraciones a la Divina Misericordia. También le solicitó apoyo a sus penitentes, sus hijas espirituales en Vilnius, Jadwiga Osínska e Izabela Naborowska quienes,  ya durante la guerra,  habían expresado su voluntad de abrazar la vida religiosa, manifestadolo primero en privado y luego concretado,  una vez que las religiosas lograron recomprar algunas de sus propiedades en Mysliborz. Fue allí  donde iniciaron la vida en comunidad de la orden y  la fundación de la Congregación de las Siervas de la Misericordia Divina, manteniendo estrecho contacto con el padre Michal y comprometidas por la obra encarada ya iniciada con él en Vilnius.

A partir del otoño de 1947 el padre Sopoćko mantuvo contactos con Julian Chroscienchowski que vivía emigrado en Londres y que ya se había comprometido desde los tiempos de la guerra en la acción apostólica de la Divina Misericordia, desarrollada por la Congregación Mariana en América y en Occidente.  Chróściechowski mismo se unió mas tarde a la Congregación de los sacerdotes marianos, fortaleciendo así la propagación  de la devoción de la Divina Misericordia. Fue gracias a él, y con su participación, que fueron publicadas las traducciones en lenguas extranjeras de los trabajaos del padre Sopoćko  y luego distribuidas en Occidente.

Ya antes del año 1950, año del jubileo, Sopoćko trato de estimular a obispos y confesores para la celebración particularmente solemne de la veneración a la Divina Misericordia. A tal fin aparecieron en 1949 otros escritos suyos. Conozcamos a Dios en Su Misericordia,  Reflexiones sobre la Misericordia Divina a la luz de las letanías y Hora santa y novena por la Misericordia divina por el mundo.  Además el mismo se embarca en una recorrida por  todas las diócesis para hablar  sobre la Divina Misericordia  y impulsar su devoción.

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(traducido de Il camino di santitá di Don Michele Sopocko de D. Henryk Ciereszko, Librería Editrice Vaticana, 2008 - original publicado en Cracovia en 2002 por Wydawnictwo WAM

viernes, 21 de abril de 2017

La Madre de Cristo resucitado

(imagen de Wikimedia)


“Regina caeli lactare, alleluia/ quia quem meruisti portare, alleluia/ resurrexit, sicut dixit, alleluia/ ora pro nobis Deum, alleluia”.
El período pascual nos permite dirigirnos a Ella con las palabras de purísima alegría, con que la saluda la Iglesia…
La Iglesia con su antífona pascual “Regina caeli”, habla a la Madre, a la que tuvo la fortuna de llevar en su seno, bajo su corazón, y después en sus brazos, al Hijo de Dios y Salvador nuestro. Lo acogió entre sus brazos, por última vez, cuando lo depusieron de la cruz, en el Calvario. Ante sus, lo envolvieron en la sábana fúnebre y lo llevaron al sepulcro. ¡Ante los ojos de la Madre! Y he aquí que al tercer día la tumba se encontró vacía. Pero Ella no fue la primera en comprobarlo. Antes fueron allí las “tres Marías”, y entre ellas particularmente María Magdalena, la pecadora convertida. Lo comprobaron poco después los Apóstoles, avisados por las mujeres. Y, aunque los Evangelios no nos dicen nada de la visita de la Madre de Cristo al lugar de su resurrección, sin embargo, todos nosotros pensamos que Ella debía hacerse presente allí de algún modo cuanto antes. Ella cuanto antes debía participar en el misterio de la resurrección, porque éste era el derecho de la Madre.
La liturgia de la Iglesia respeta este derecho de la Madre, cuando le dirige esta invitación particular a la alegría de la resurrección: Laetare! Resurrexit sicut dixit! E inmediatamente la misma antífona añade la súplica para su intercesión: Ora pro nobis Deum. La revelación del poder divino del Hijo mediante la resurrección, es al mismo tiempo revelación de la “omnipotencia suplicante” (omnipotentia suplex) de María en relación con este Hijo…..

La Iglesia de nuestro tiempo, mediante el Concilio Vaticano II, ha hecho una síntesis de todo lo que se había desarrollado durante las generaciones. El capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen gentium es, en cierto sentido, una “carta magna” de la mariología para nuestra época: María presente de modo particular en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia, María, “Madre de la Iglesia”, como comenzó a llamarla Pablo VI (en el Credo del Pueblo de Dios), dedicándole después un documento aparte (Marialis cultus).

martes, 18 de abril de 2017

“Este es el día que hizo el Señor”

«Tomás el incrédulo», obra del pintor Mathias Stomer (1590–1656). Museo del Prado, Madrid 

“Este es el día que hizo el Señor”
“Todos estos días, entre el Domingo de Pascua y el segundo domingo después de Pascua, in albis, constituyen en cierto sentido el único día. La liturgia se concentra sobre un acontecimiento, sobre el único misterio. “Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16, 6) Cumplió la Pascua. Reveló el significado del Paso. Confirmó la verdad de sus palabras. Dijo la última palabra de su mensaje: mensaje de la Buena Nueva, del Evangelio. Dios mismo que es Padre, esto es, Dador de la Vida, Dios mismo no quiere la muerte (cf. Ez 18, 23. 32), y “creó todas las cosas para la existencia” (Sab 1, 14), ha manifestado hasta el fondo, en Él y por Él, su amor. El amor quiere decir vida.
Su resurrección es el testimonio definitivo de la Vida, esto es, del Amor.
“La muerte y la vida entablaron singular batalla. El Señor de la vida, muerto, reina vivo” (Secuencia).
“Este es el día que hizo el Señor” (Sal 117 [118], 24): “más sublime que todos, más luminoso que los demás, en el que el Señor resucitó, en el que conquistó para Sí un pueblo nuevo... mediante el espíritu de regeneración, en el que ha llenado de gozo y exultación las almas de todos” (San Agustín, Sermo 168, in Pascha X, 1; PL 39, 2070).
Este único día corresponde, en cierto modo, a todos los siete días de que habla el libro del Génesis, y que eran los días de la creación (cf. Gén 1-2). Por esto los celebramos todos en este único día. En estos días, durante la octava, celebramos el misterio de la nueva creación. Este misterio se expresa en la persona de Cristo resucitado. El mismo es ya este misterio y constituye para nosotros su anuncio, la invitación a él. La levadura. En virtud de esta invitación y de esta levadura somos todos en Jesucristo la “nueva creatura”.
“Así, pues, festejémosla, no con la vieja levadura..., sino con los ácimos de la pureza y la verdad” (1 Cor 5, 8).

sábado, 15 de abril de 2017

“ Resucitó al tercer día, según las Escrituras”.


“Es un dogma de la fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado históricamente. Trataremos de investigar “con las rodillas de la mente inclinadas” el misterio enunciado por el dogma y encerrado en el acontecimiento, comenzando con el examen de los textos bíblicos que lo atestiguan.

El primero y más antiguo testimonio escrito sobre la resurrección de Cristo se encuentra en la primera Carta de San Pablo a los Corintios. En ella el Apóstol recuerda a los destinatarios de la Carta (hacia la Pascua del año 57 d. C.): “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo” (1 Co 15, 3-8).

Como se ve, el Apóstol habla aquí de la tradición viva de la resurrección, de la que él había tenido conocimiento tras su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18). Durante su viaje a Jerusalén se encontró con el Apóstol Pedro, y también con Santiago, como lo precisa la Carta a los Gálatas (1, 18 s.), que ahora ha citado como los dos principales testigos de Cristo resucitado.
Debe también notarse que, en el texto citado, San Pablo no habla sólo de la resurrección ocurrida el tercer día “según las Escrituras” (referencia bíblica que toca ya la dimensión teológica del hecho), sino que al mismo tiempo recurre a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente. Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad de creyentes, expresada por Pablo en la Carta a los Corintios, se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían todavía entre ellos. Estos “testigos de la resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22), son ante todo los Doce Apóstoles, pero no sólo ellos: Pablo habla de la aparición de Jesús incluso a más de quinientas personas a la vez, además de las apariciones a Pedro, a Santiago y a los Apóstoles.”


viernes, 10 de marzo de 2017

«¿Qué has hecho de tu hermano?»



“El fenómeno de las migraciones, con su compleja problemática, interpela, hoy más que nunca, a la comunidad internacional y a todos y cada uno de los Estados. Éstos, por lo general tienden a intervenir mediante el endurecimiento de las leyes sobre los emigrantes y el fortalecimiento de los sistemas de control de las fronteras, y las migraciones pierden así la dimensión de desarrollo económico, social y cultural que poseen históricamente. En efecto, se habla cada vez menos de la situación de emigrantes en los países de procedencia, y cada vez más de inmigrantes, haciendo referencia a los problemas que crean en los países en los que se establecen.
La emigración va tomando características de emergencia social, sobre todo por el aumento de los emigrantes irregulares, aumento que, a pesar de las restricciones en curso, resulta inevitable. La inmigración irregular ha existido siempre y a menudo ha sido tolerada porque favorece una reserva de personal, con el que se puede contar en la medida en que los emigrantes regulares suben en la escala social y se insertan de modo estable en el mundo del trabajo.
[…]
Es preciso prevenir la inmigración ilegal, pero también combatir con energía las iniciativas criminales que explotan la expatriación de los clandestinos. La opción más adecuada, destinada a dar frutos consistentes y duraderos a largo plazo, es la de la cooperación internacional, que tiende a promover la estabilidad política y a superar el subdesarrollo. El actual desequilibrio económico y social, que alimenta en gran medida las corrientes migratorias, no ha de verse como una fatalidad, sino como un desafío al sentido de responsabilidad del género humano.
[…]
Para la solución del problema de las migraciones en general, o de los emigrantes irregulares en particular desempeña un papel relevante la actitud de la sociedad a la que llegan. En esta perspectiva es muy importante que la opinión pública esté bien informada sobre la condición real en que se encuentra el país de origen de los emigrantes, los dramas que viven y los riesgos que correrían si volvieran. La miseria y la desdicha que les afectan son un motivo más para salir generosamente al encuentro de los inmigrantes.
Es necesario vigilar ante la aparición de formas de neorracismo o de comportamiento xenófobo, que pretenden hacer de esos hermanos nuestros chivos expiatorios de situaciones locales difíciles.
[…]
En la Iglesia nadie es extranjero, y la Iglesia no es extranjera para ningún hombre y en ningún lugar. Como sacramento de unidad y, por tanto, como signo y fuerza de agregación de todo el género humano, la Iglesia es el lugar donde también los emigrantes ilegales son reconocidos y acogidos como hermanos. Corresponde a las diversas diócesis movilizarse para que esas personas, obligadas a vivir fuera de la red de protección de la sociedad civil, encuentren un sentido de fraternidad en la comunidad cristiana.
La solidaridad es asunción de responsabilidad ante quien se halla en dificultad. Para el cristiano el emigrante no es simplemente alguien a quien hay que respetar según las normas establecidas por la ley, sino una persona cuya presencia lo interpela y cuyas necesidades se transforman en un compromiso para su responsabilidad. «¿Qué has hecho de tu hermano?» (cf. Gn 4, 9). La respuesta no hay que darla dentro de los límites impuestos por la ley, sino según el estilo de la solidaridad.
[…]
«Era forastero, y me acogisteis» (Mt 25, 35). Es tarea de la Iglesia no sólo volver a proponer ininterrumpidamente esta enseñanza de fe del Señor, sino también indicar su aplicación apropiada a las diversas situaciones que sigue creando el cambio de los tiempos. Hoy el emigrante irregular se nos presenta como ese forastero en quien Jesús pide ser reconocido. Acogerlo y ser solidario con él es un deber de hospitalidad y fidelidad a la propia identidad de cristianos.”

miércoles, 8 de marzo de 2017

Nowa Huta – Seguimos descubriendo….


La lucha por construir la iglesia de Nowa Huta fue uno de los grandes choques  entre la Iglesia católica y los comunistas de la Polonia de la post guerra. De todos los conflictos entre la Iglesia y los comunistas en los cuales intervenía Karol Wojtyla, esta historia expresa cabalmente como fue creciendo el hasta convertirse en un líder político. Es una preciosa historia polifacética, construida a lo largo de veinte años, combinando todos los elementos del propio viaje político de Wojtyla –   dramático, gradual y sorprendente.  Finalmente esta historia es la revelación del hombre, del sacerdote, del líder emergente que comprendió la importancia de la tenacidad y el compromiso, y también de un gran comunicador quien entendió a la perfección tanto simbolismo como oportunidad. 
Nowa Huta, ciudad flamante,  nueva, construida por los comunistas a principios de los 50’ en los alrededores de Cracovia. La ciudad estaba dentro del radio apostólico de Wojtyla.  Proyectada para ser el paraíso de los trabajadores,  construida en base a los principios comunistas que aspiraba a ser un abierto reproche a la espiritualmente “decadente” fascinación de Cracovia. El régimen asumía que los trabajadores serian naturalmente ateos, de manera que la ciudad no necesitaría una iglesia.  Muy pronto la gente misma dio a entender  claramente que querían una.  Wojtyla comunicó estos deseos a las autoridades pero se encontró  con la negativa del régimen.

El conflicto fue en aumento hasta convertirse en un fuerte símbolo de la oposición entre la iglesia católica y el estado comunista.  Un conflicto dentro del mundo de los trabajadores, que supuestamente estaban más allá de la religión –  trabajadores de carne y hueso que cantaban himnos polacos que comenzaban con “Queremos a Dios”.  Finalmente el partido comunista, si bien de malas ganas,  otorgo el permiso en 1958, permiso que luego retiró en 1962.

Pasaron algunos años hasta que Karol Wojtyla, conjuntamente con otros sacerdotes – especialmente el padre Gorlaney – se reuniera con autoridades y continuara llenando formularios  y formularios solicitando nuevos permisos para la construcción.  Mientras tanto se fueron levantando cruces, una tras otra,  en el lugar elegido para la construcción de la iglesia, cruces que eran derribadas  sistemáticamente para que durante la noche misteriorsamente aparecieran nuevas días o semanas después.   Mientras tanto el Obispo Wojtyla y otros sacerdotes  continuaban con sus sermones al aire libre en campo campo abierto, en verano y en invierno, bajo un sol rajante o lluvias heladas y nevadas. Año tras año el Obispo Wojtyla celebraba la Misa de Nochebuena en el lugar donde se suponía debía construirse la iglesia. Pacíficamente alineados miles de fieles recibían la comunión,  pero la tensión fue aumentando hasta transformarse en violencia cuando las autoridades comunistas  mandaron una topadora para tirar abajo la cruz.  Lucjan Motyka se levanto de su lecho en el hospital para ser vivado por los manifestantes.   Motyka estaba convencido que fueron las palabras pacificadoras de Wojtyla que evitaron una confrontación potencialmente muy peligrosa.

Para entonces los comunistas, los líderes locales, residentes y la iglesia católica ya habían establecido sus inamovibles condiciones. El compromiso comunista de otorgar un permiso para construir una iglesia fuera de la ciudad fue rechazado –hasta que Karol Wojtyla, el realista, el negociador, zanjo el callejón sin salida  persuadiendo a todos que la existencia de la iglesia trascendía toda otra consideración. El tiempo estaba trazado.  En mayo de 1977, un año antes que se convirtiera en Papa, Karol Wojtyla consagró la iglesia de Nowa Huta.  El mayor orgullo – y fue un símbolo que Karol Wojtyla ayudo a hacer realidad – es la Crucifixión gigante que se levanta sobre el nuevo altar. Hecha de pedazos de hierro extraídos de las heridas de los soldados polacos, recolectados y enviados desde todos los puntos del país para hacer la escultura de la nueva iglesia.”